miércoles, 23 de septiembre de 2015

Bangkok, un broche de bisutería fina para acabar el viaje

Bangkok, 13 de septiembre de 2015

Nuestro último día de ruta lo queríamos dedicar a ver alguno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. No madrugamos, teníamos tiempo de sobra para ver los dos atractivos turísticos de Bangkok y desayunamos tranquilamente y con fuerza. Desde las 9 de la mañana el sol pegaba ya con fuerza. Nuestra primera parada era el Grand Palace, tal vez el mayor atractivo de la ciudad.



El palacio se encontraba a unos 15 minutos andando desde nuestro hostel, así que fuimos dando un paseo. Cruzamos por un mercado de comida donde los puestos se superponían unos sobre otros mostrando sus "delicatessen". También pudimos tener nuestro primer contacto con la famosa calle Khao San, lugar de fiesta para los viajeros y mochileros que a esas horas se encontraba bastante tranquila.




Para entrar en el Grand Palace el código de vestimenta es estricto. La camiseta tiene que ser con mangas y no vale cubrirse con un pañuelo. Tampoco se permite pasar con pantalones cortos, ni siquiera piratas, ni ropa ajustada. El negocio lo tienen buen montado, si no vas decoroso alquilas tu ropa por 200 bhats y puedes entrar, unos 5 euros. Lo cual sumado a los 12 euros de la entrada al propio palacio puede hacer que la visita a la catedral de la bisutería se nos ponga por casi 20 euros.



El Grand Palace se puede definir como... Sorprendente y espectacular. Como pongo en el título de la entrada, más que un broche de oro es un broche de bisutería fina... Y es que cuando entras en el recinto y ves tanto dorado y tanta pedrería y cristales, no sabes si estás en Tailandia o has entrado en un túnel espacio-tiempo y has acabado en el puesto de bisutería del mercadillo. ¡Qué ostentación!

Nada más entrar te encuentras con unos "guerrero mono" gigantes y brillantes, pero tus ojos se dirigen inmediatamente hacia la enorme estupa cubierta de azulejos dorados que brilla con intensidad y podría hasta quemar tus pupilas si la mirases intensamente. Cada edificio de este palacio que es del siglo XVIII brilla literalmente con luz propia gracias a toda la pedrería que decora sus paredes. Es entre hortera y espectacular y no puedes dejar de sorprendente y repetir frases como "madre mía" y "los reyes en qué estaban pensando cuando pidieron construir esto". Como dijo Dani, cuando preguntaron a la reina como quería decorar el palacio su respuesta debió de ser "con todo y con lo que aun no se ha inventado". 



En el centro del palacio se encuentra un edifico que alberga el famoso Budha de Jade, este Budha mide tan sólo 45 centímetros y se encuentra en lo alto de un altar al que no se puede acceder. La gente lo venera con devoción ya que se le atribuyen poderes sobre naturales. El recinto del templo está rodeado por una serie de soportales con pinturas que bien podrían ser la interpretación tailandesa del jardín de las delicias. La verdad es que la visita merece la pena, hay que verlo con los propios ojos porque ni las fotos ni las descripciones pueden conseguir que la gente se haga a la idea de qué es eso.

Según salimos del Grand Palace, fuimos a visitar el otro gran atractivo de la ciudad, el Budha reclinado. No tardamos mucho, el Budha reclinado se encuentra detrás del Palacio y se llega a él en 15 minutos andando. Su entrada es bastante más barata (100 baths, unos 2,5 euros) y para nuestra sorpresa incluía una botella de agua gratuita y fresca que con el calor que hacia se agradeció mucho. El Budha en sí es impresionante por el enorme tamaño que tiene. Tal vez fuera similar o incluso menor al que vimos en el templo de Vin Tho en Vietnam, pero la diferencia es que este está a ras de suelo y el otro en lo alto de un edificio, siendo más espectacular este por hacerte aún más consciente de su enorme tamaño.


La pena de este Budha es que se encuentra dentro de un edificio con columnas delante que impiden poder verlo entero y con una buena perspectiva. Hay un punto desde el que puedes hacer una buena foto, pero no se ve completo, una pena. Luciría mucho más en otro lugar. Junto al Budha se puede visitar el resto de estancias del templo, aunque después de ver el palacio real y sus "brilli, brillis", se hace pesado. Hay salas y más salas con decenas de estatuas de Budha dorados con base de pedrería. Dimos una vuelta y decidimos que aunque quedaba otro templo más que ver para completar el triángulo dorado de Bangkok, el Wat Arum, teníamos suficiente con los dos que ya habíamos visto.



Cuando cogimos wifi además vimos que el Wat Arum era precisamente la pagoda que estaba cubierta por andamios y en restauración al otro lado del río. Un acierto no haber ido. Del Budha dorado volvimos a comer a Khao San. Hay multitud de establecimientos para el turista, pero en esta ocasión nuestro payaso favorito Ronald McDonald nos saludaba con una reverencia asiática invitándonos a pasar... Así que nos decantamos por una de sus deliciosas y occidentales hamburguesas. Tras comer paseamos por los puestos callejeros y Diana y yo decidimos tomarnos una cerveza en una de las terrazas, Dani prefirió ir a ducharse y descansar al hostel. 



En la terraza, con la música puesta a todo volumen y los guiris bebiendo margaritas y mojitos a las 17 de la tarde, Diana y yo tuvimos la revelación... Tailandia era el Magaluf asiático. Aquí la gente viene a beber hasta emborracharse y tomar el sol en las playas, no a hacer un turismo "cultural". Bangkok merece la pena una visita, el Grand Palace y el Budha reclinado o Ayutaya son lugares interesantes, pero palidecen frente a Vietnam. Su gente además está más acostumbrada al turismo y son mucho menos amables con el extranjero.



Cuando cayó la noche volvimos a Khao San para verlo con más ambiente. Los negocios de masajes proliferan como setas. Un masaje de pies de media hora cuesta poco más de tres euros y los guiris en fila disfrutan en los asientos de la calle de este momento de relax frente a restaurantes y discotecas. 



Nosotros no pudimos resistirnos y como comenzó a llover con fuerza, como todos los días a estas horas, nos dimos dos masajes, uno de pies y otro "Thai". El masaje Thai fue toda una experiencia. La mujer me paso a una sala donde otras dos incautas turistas estaban siendo "masajeadas" y empezó a colocarse. Se subió encima de mi, me golpeo, me estiraba con su pierna la mía mientras tiraba de mi brazo, e incluso me hizo alguna llave de pressing catch como la del cangrejo mientras todo mi cuerpo crujía. Jamás pensé que casi podía tocar estando sentado con el pecho el suelo, pero lo conseguí cuando la mujer se puso encima de mi y tiró de mi cuerpo hacia abajo mientras tiraba de mis piernas para que me descoyuntase. Salí relajado, pero yo creo que más por haber conseguido salir vivo de allí que por el masaje en sí.



Tras la cena la lluvia había parado y Kha San volvía a estar lleno de jóvenes europeos y americanos en busca de una noche de fiesta. Locales donde la gente bailaba descontrolada se mezclaba con terrazas donde el alcohol corría como el agua del Mekong y cantantes en directo hacían versiones de canciones actuales. Los puestos callejeros de suovenirs y de comida y los centros de masaje hacían su agosto. Khao San es el lugar perfecto para correrse una gran fiesta. 



Diana intentó que nos quedáramos un poco más, pero por suerte, porque a saber como hubiéramos acabado, no teníamos muchos baths y todavía teníamos que pagar el taxi al aeropuerto del día siguiente. Decidimos volver al hostel a dormir. Por la mañana cogíamos nuestro vuelo de vuelta a España, eran nuestros últimos momentos del viaje y era de las pocas veces en las que no me hubiera importado repetir de nuevo la ruta desde el día 1, pasando por los mismos lugares, visitando las mismas cosas, encontrándome con las mismas personas y teniendo las mismas experiencias. 


1 comentario:

  1. Qué bonita narración, la verdad que da gusto. Se os ve relajados y felices. Y eso que ya no os quedaba nada.
    Ya decía yo que me faltaba algo que ver ;)

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